lunes, 30 de marzo de 2009

Mariposas

Cuando Alfonso retiró la polvorienta novela de la metálica estantería no sabía que ese simple acto de curiosear, con aburrimiento y apatía las amarillentas páginas de añosos libros iba a ser un punto de inflexión en el hasta ahora deprimido sendero de su vida. El aspecto del libro no tenía nada de especial, lucía como todos los otros libros cuidadosamente empastados y del mismo color alineados a la altura de sus ojos y Alfonso con todo el desgano del mundo lo enganchó por el lomo y lo retiró del estante, sin embargo el título le llamó la atención: “Los Afectos de una Mariposa” Inmediatamente le pareció que debía leerlo, que necesitaba leerlo. Le extrañó esta urgencia por leer un libro viejo, polvoriento y desconocido. Por un momento pensó que el título intentaba expresar la idea de una especie de Efecto Mariposa. Se sonrió por haber tenido esta absurda idea... un Efecto Mariposa no tiene nada que ver con Los Afectos de una Mariposa. Se preguntó por un instante del cómo serían, en el caso de ser posible, los afectos, los amores, los sentimientos de una mariposa... se preguntó si esa pregunta tendría sentido. Con un dejo de tristeza pensó en lo breve de su existencia y en lo insignificante que serían esos afectos, ¿en los de él o en los de la mariposa?... en lo tan patéticamente breve e insignificante... pero sin embargo... Se sonrió nuevamente pues la misma trastocación en el sentido del título desmentía la insignificancia de esos afectos y la importancia casi cósmica de esos relativamente breve lapsos de tiempo que llamamos vida... recordó que justamente un Efecto Mariposa es precisamente la magnificación de lo insignificante... nuevamente sonrió como burlándose de sí mismo. Sólo una mente un tanto desequilibrada como la de él podía estar pensando en que de algún modo, en algún punto a lo largo de su vida, en alguna bifurcación en ese inestable sistema que constituyó su vida se hubiese producido un evento afectuoso tan nimio, tan insignificantemente pequeño como lo es un aleteo de mariposa, pero que amplificado por el tiempo y multiplicado por sus ansiedades lo hubiese llevado justamente a estar leyendo emocionado en las páginas amarillas de un libro que comenzó a leer sólo porque estaba allí una brevísima historia de amor imaginario entre dulces y frágiles mariposas, mariposas que de algún modo le estaban enseñando que, en el inmenso e infinito sistema de la vida, ningún afecto y ninguna existencia es verdaderamente insignificante.

Carlos Alberto

Palabras

Palabras y frases de amor, apasionadas.
Su boca a la suya parece encadenada...
Palabras ardientes, afiebradas y tiernas
Caldean la sangre que arde en sus venas.

Palabras tan suyas inventadas por ellos
Frases doradas eternamente ya dichas,
Pequeñas promesas de dicha infinita
Subliman sus sueños de piel y caricias.

Palabras que un día tuvieron sentido
Palabras que un día él quiso escuchar
Ahora son parte de algo que escribo,
De algo que él quiere como tú olvidar.

Carlos Alberto.

Destinos

La angustia es sorda y lo hace caminar sin rumbo, como a través de un túnel y es justamente lo que ahora atraviesa Jorge, ese túnel pedregoso del Cerro Polanco cavado en la dureza de la montaña con paredes musgosas y húmedas y que sólo unas cuantas ampolletas mezquinamente distribuidas a lo largo de sus doscientos metros precariamente espantan la profunda oscuridad de su interior. Sus pasos son lentos, pesados y de alguna manera tan profundamente tristes como la oscuridad del túnel y es irónico que al final del túnel Jorge se detenga frente a esa pequeña fuente y lance unas monedas a esas pálidas y rumorosa aguas, pidiendo un deseo, que en su corazón sabe, ya sin ninguna duda, que no se va a cumplir. El ascensorista lo mira sin emoción y Jorge, solitario al lado de la fuente lentamente entra a ese cubículo que abriéndose paso entre la granítica roca lo lleva a la superficie del cerro, a la negra noche que ya es parte de su vida. El atalaya que corona el ascensor es de madera y tiene un mirador panorámico desde donde Jorge contempla las luces titilantes de la ciudad. Valparaíso se desnuda ante su mirada y las luces de faroles y luceros se refractan dolorosamente en la humedad de sus ojos mostrándole una ciudad deformada y tenebrosa irguiéndose entre luces y sombras, entre odios y amores, entre el cielo, los cerros y ese ahora negro océano Pacífico.Ella no sabe donde está Jorge y ya no le importa... ella es su esposa... un día la vi en Arica, mejor dicho, ella nos vio y sentí que su alegría fue genuina y nos invitó a su casa... allí conocí a Jorge... parecían felices... tenían una bebita. esa tarde ella nos contó que venía llegando del extranjero... que había estado dos meses fuera de Chile... y luego mirando a su esposo y cómo arrepintiéndose de lo que nos había contado no siguió dando más detalles... tampoco nosotros preguntamos. Mucho después supimos que había vuelto a irse y como la vez anterior... sola... pero esta vez casi para siempre... digo casi porque después de un año volvió una vez más y se llevó a su hijita.

Carlos Alberto

Piel y Sol

Recuerdo un día que dije:
Por favor... aparta las cortinas
me miraste un instante
y como siempre sonriendo
la cortina descorriste.

Luego lentamente te volviste
y dulcemente, como en sueños
la bata de tu piel tu desprendiste
y tu cuerpo dorado en la mañana
ardiendo se fundió con mi mirada.

Instantes perdidos en ese tiempo,
Silueta fugaz grabada en mi memoria
Allí desnuda, acariciada por el sol
tu imagen dorada trae memorias
De algo muy parecido al amor.

Carlos Alberto.

Valparaíso

A veces me da por pasear por mi ciudad, especialmente si el día está nublado y sopla el viento del oeste. Con las manos en los bolsillos y un poco inclinado para equilibrar la fuerza del viento camino por la avenida Pedro Montt en dirección este a oeste, enfrentando y acercándome poco a poco al mar... a ese océano pacífico pero que en días como este no es tan pacífico; un día me tocó presenciar, desde lo alto del cerro los Placeres como un buque al garete, en plena tormenta, era expulsado del mar aterrizando cual paloma en apuros sobre los rieles del ferrocarril que unía Santiago con el Puerto. Hoy ese famoso tren sólo llega a Limache en un pobre remedo de un tren rápido. Las tormentas en Pancho son cosa seria, hicieron volar hasta la esperanza de tener un tren metropolitano de verdad. Hoy sólo camino, sintiendo el frío en mi rostro y esa sensación de libertad absoluta que da caminar combatiendo la fuerza del viento de Valparaíso. Me detengo al llegar a la plaza Victoria y allí lo veo como siempre... esperando que alguien lo invite a un trago. Le decían el “cara ‘e pistilo”, negro, chico y esmirriado pero maligno como el demonio. Ahora sólo se lo conoce como el “negro cuma” y es el eterno chupa-tragos de un bar ubicado en una de las cuatro esquinas de la plaza Victoria. Hoy estoy con ganas de escuchar uno de sus cuentos así que me siento en una de las grasientas sillas que rodean una no menos grasienta mesa. Casi por encanto aparece una servilleta del brazo de una cabra flaca y mal agestada que casi con rabia me interroga sobre mis preferencias en el trago. Me tomo mi tiempo para responder con una sonrisa que logra suavizar la tensión del rostro de la flaca y que hace que se de el trabajo de darme una segunda mirada antes de volver a meterse por una puerta semi oculta. Como por encanto, ida la flaca, aparece el Cuma. Después de despachar sin respirar una cerveza, me mira sin hablar pero con cara de carnero degollado... accedo a su implícita solicitud y le pago otra cerveza, entonces el Cuma, saca un mugriento cigarrillo y comienza a mascullar... la siguiente historia es una reconstrucción de lo que logré captar de esa verborrea mascullada entre sorbetones de cervezas y chuchadas ininteligibles dirigidas al parecer a una tal Pitufa. El relato del Cuma comienza cuando tiene unos quince años y vive en una especie de reformatorio en el cerro La Cárcel. Un día parecido al de hoy, frío y con ráfagas de viento que llegan a hacer volar las techumbres, el Cuma, junto a dos compinches, tan avispados como él, intentan fugarse del reformatorio-- ¿a donde? le pregunto—me mira sin entender y después de lanzar disimuladamente un escupitajo en el medio del pasillo y esconder debajo de la mesa un moco negro que acaba de sacarse, el Cuma sigue impertérrito con su relato “si, sólo queríamos mandarnos a cambiar porque nos trataban como las güevas... a puras chucha’s, pata’s y garabatos y nos daban una comi’a que ni los perros querían comer” Bueno, el asunto es que una noche, como seguramente la que habrá hoy, fría, ventosa y negra como el pecado, los tres semillas de maldad dejaron sólo la raya y partieron como sombras esfumándose en la noche. El reformatorio queda cerca de un antiguo cementerio y de una famosa cárcel que hoy en día es un museo y centro de eventos artísticos. El pendex más chicoco tiene sólo 13 años y nació un martes 13 así que se siente el elegido para comandar a los otros perjenios... bajan cautelosos por el cerro, amparados por las sombras de la noche hasta que llegan a ese gran edificio rodeado por altos muros y que es la antigua cárcel y por lo cual ese cerro lleva el nombre de “cerro la cárcel” En ese momento suenan las sirenas y los pendex escuchan gritar a los guardias que se han escapado unos presos... asustados nuestros heroicos pendex corren al edificio del frente, que como ya dije es un cementerio y se esconden entre losas, tumbas y mausoleos. Pasan las horas y nada pasa... ya más tranquilos los pitufos observan que ante ellos se levanta un hermoso mausoleo, hermosamente adornado y al parecer recientemente construido y por supuesto, el líder de los pitufos decide que el muertito debe tener algún objeto de valor que seguramente quiere compartir con ellos... de modo que deciden entrar en el pretencioso mausoleo. Entran, en el centro se levanta una especie de cripta. Nuestros pendex la empujan a un lado dejando al descubierto una negra abertura en el suelo y de pronto sus cabellos se erizan por el miedo... desde el fondo del pozo comienza a trepar el muerto que los mira con ojos desorbitados, su cara negra y las manos engarfiadas... me cuenta el Cuma que no alcanzó a decir ni “pio” y se desmayó. Al otro día supo que el muerto no era un muerto... era uno de los tres presos que esa noche escaparon por un túnel que desembocaba justamente en esa cripta... nunca volvió a saber de sus compinches.

Carlos Alberto.

Navidad

La verdad es que nunca me he entusiasmado demasiado con los arbolitos de Pascua, sin embargo veo que a casi todo el mundo le gusta mucho tener uno y se preocupan de engalanarlo llenándolo de adornos, luces y guirnaldas... y sí, en realidad se ven lindos, más bien enigmáticos, creando, con su pesebre, la sagrada familia y sus lucecitas titilantes un ambiente de profundo respeto y calor humano. El primer arbolito de Pascua del que tenga recuerdos del hogar materno llegó un día de diciembre muy especial... acabábamos de llegar a vivir a una nueva ciudad y nuestra nueva casa estaba en construcción... ni siquiera teníamos luz eléctrica, pero mis cinco hermanos y yo estábamos felices por tanto cambio y la inminente venida del Viejito Pascuero. Con mucho esfuerzo mi madre y mi hermana mayor se esforzaron por traer la Navidad a nuestro hogar... los ansiados regalos expectantes dentro de sus encintados envoltorios esperaban a los pies de un precioso arbolito de Pascua a que el reloj marcara las doce de la noche... la llegada del dorado sueño de Navidad... sin embargo a mis ojos de niño nuestro arbolito se veía tan apagado, tan triste... los otros arbolitos, los de nuestros vecinos y todos los que se veían a la distancia destellaban soberbios con sus fascinantes lucecitas intermitentes y el nuestro estaba tan silencioso y triste. Entonces recordé que mi madre aún guardaba esas pequeñas velitas con las que un día adornó una torta de cumpleaños y se me ocurrió que también nuestro arbolito podría lucir tan gallardo como los de nuestros vecinos... al menos por un breve momento, sólo para celebrar otro aniversario de la llegada de El... entonces sigilosamente me fui a buscar las velitas y las fui colocando sobre las ramitas de nuestro árbol. Finalmente las fui encendiendo... una por una. Nuestro árbol cobró vida... mis hermanas y mi hermano menor quedaron fascinados mirando con ojos encandilados nuestro hermoso arbolito... entonces, con una sensación de satisfacción y mucha alegría comencé a llamar a mi madre para que también ella se sumara a nuestra alegría... justamente en ese momento una de las velitas encendió el suave papel que adornaba una de las ramas superiores y enseguida, como si el tiempo se hubiese detenido, todas las otras velita encendieron sus respectivas ramitas superiores y nuestro arbolito de Pascua se convirtió en un arbolito antorcha... en un segundo el fuego se propagó al blanco y transparente visillo de una ventana contigua y en seguida toda la habitación estaba llena de humo y fuego. Demás está decir que esas Pascua no hubo regalos. Todos nuestros regalos quedaron chamuscados... irreconocibles e inútiles. Afortunadamente nadie salió lastimado, excepto una parte de mi anatomía que mi madre se encargó de corregir... bueno, quizás por eso los arbolitos de Pascua no me entusiasman demasiado. La siguiente Navidad ya teníamos lucecitas eléctricas.

Carlos Alberto

Aeropuertos

Recuerdos, ecos casi extinguidos, memorias confusas de otros tiempos, de otra realidad que una vez fue el presente y que ahora sólo vive en el universo de los sueños, flotando a la deriva en el océano de los sentimientos como una medusa en el mar. A veces es una figura, un dibujo o como en este caso... ese gran juguete: un transformer de los años 80 impertérrito sobre una repisa lo que de repente le trae el tráfago de ese pequeño aeropuerto de provincia en donde ha estado esperando por más de diez horas a ese avión retrasado que debiera ya haberla traído y los minutos se alargan y son como cuerdas cada vez más tensas que van apretando lentamente sus entrañas. Su amigo Orlando acaba de llegar y le pregunta sin mucha lógica ni entusiasmo si ella ya llegó para luego, sin esperar respuesta, comerse con la mirada a la rubia que está bajando la escalerilla del avión que acaba de aterrizar... en ese tampoco viene ella y Oscar está cada vez más intranquilo y comienza a estar inseguro de todo ¿estará en el aeropuerto correcto? ¿consideró sin error el cambio de horario? ¿habrá perdido el trasbordo? Siente calor en su cara, un frío en el pecho y una tensión insoportable en el vientre y una vez más se levanta y sale de la sala de espera para ir a la agencia de viajes a preguntar por enésima vez si todo está correcto. La muchacha del mesón mira compasiva su tenso rostro y nuevamente le recomienda calma... sólo es un retraso... no se preocupe... su esposa debe estar por llegar. Oscar vuelve a la sala del aeropuerto y al entrar la divisa a lo lejos, ella acaba de llegar y está abrazando a su amigo. Oscar corre a su encuentro y se detiene inseguro al lado de ellos, como si fuera un intruso. Ella levanta su rosto y lo mira de costado y de pronto Oscar se siente culpable por no haber estado allí... por no haber sido el primero en abrazarla y decirle cuanto la extrañó, cuanto sufrió por su ausencia... cuanto...cuanto... La irracional angustia ahora es una lágrima que Oscar se esfuerza por reprimir.

Carlos Alberto.

Nada es para siempre

Hoy es domingo y a diferencia de otros domingos me tengo que levantar pues me han invitado a un paseo dominical. Para ser más específicos, y en palabras de mí amiga Cindy, a una playa de brillantes arenas de donde ella extrae sus preciadas ágatas. No conozco su playa, pero me vendrá bien salir a respirar un poco aire marino y ella podrá lucirse mostrándome su playa de la que se siente tan orgullosa. Bueno, me acicalo como siempre y a la hora convenida nos encontramos para ir a su paraíso personal. El día luce un sol radiante y yo me entusiasmo un poco con la idea de pescar... llevo mi caña, mi traje y mis anzuelos. El viaje es algo monótono, pero la verdad es que valió la pena hacerlo pues el lugar, la playa, la arena y el mar lucen maravillosos... es un verdadero paraíso tropical... una arena iridiscente, aguas transparentes como el cristal y un aire tibio que nos invita a reposar arrullados por dulces brisas marinas... Después de merendar yo trato de pescar y Cindy se afana buscando casi con desesperación esa maravillosa ágata que tanto desea, pero de la misma manera que yo sólo logro pescar un pequeño y lánguido lenguado, ella sólo descubre un par de pequeñas ágatas casi opacas. Al fin, un poco desanimados nos acostamos en esa suave arena, uno al lado del otro, entonces mi piel roza su piel y el calor de la tarde se concentra en mi cuerpo que se aprieta contra el suyo... El tiempo transcurre sin darme cuenta... Abro los ojos y ella me está mirando. Sus ojos son como dos esmeraldas, fijas y brillantes y en su rostro hay un dejo de tristeza... la miro y no puedo dejar de pensar que nada es para siempre. No se si ella adivina mi pensamiento, Cindy es como una bruja, casi siempre sabe lo que estoy sintiendo. Es bello sin embargo sentirla tan dentro de mi, en mis sentimientos, como bello es sentirme dentro de ella... pero no puedo dejar de pensar que todo esto, todo esto que es tan hermoso, al mismo tiempo... es tan efímero. Quizás hoy ella encuentre esa ágata que tanto desea para mi, esa ágata maravillosa que ella quiere que ilumine mi memoria para estar en la suya para siempre, pero ambos tácitamente ya sabemos que el siempre es sólo el amor que nos dimos hoy.

Carlos Alberto

Una mujer

Ries y tu risa es música
dulce y cristalina
Me miras, sonries y me siento
estremecer.
No puedo dejar de mirarte...
de sentirte,
De angustiarme, desearte
y adorarte...
Eres un sueño, una promesa,
una ilusión...
Eres deseo, hogar y ansias
de pasión
Eres amor y eternidad...
Eres la vida
La vida hecha mujer.

Carlos Alberto.

Las Estrellas

Una tarde cualquiera
adquirí un telescopio gigante
para mirar las estrellas
y recrear la mirada del alma
en pos de una diadema

No sé cuantas noches
cansado miraba hacia el cielo
estudiando las novas,
las frías y esquivas estrellas

Ese sueño ya está olvidado
la gran lente convexa y precisa
duerme en su tubo de acero
olvidando su grandioso destino
de viajar por el cosmos
buscando la luz de una estrella.

A veces, leyendo un poema
lo miro, tan frío, arcano y oscuro,
ahíto de misterios y enigmas
que mi mente ahora elije ignorar.

Ya no miro el cielo abismante
me detiene un extraño sentido
de un perverso destino final...

Creía que su luz era eterna...
pero todo es mezquino y falaz
y esa luz que parece tan dulce
es precaria, titilante y fugaz.

Carlos Alberto

domingo, 29 de marzo de 2009

Recostado

No tiene etiqueta, sólo un nombre
impreso con grandes letras
haciendo un grueso arco
sobre algo que parece una isla
y que apenas tiene espacio
para dos pequeñas palmeras
abrigadas por un rojo, gigantesco
y probablemente ardiente sol...

El nombre impreso dice... Malibu...
y de pronto me imagino
recostado y casi somnoliento
sobre la ventanilla de un avión,
observándolo todo desde el cielo,
desde veinte mil pies de altura
todo quietud, con apenas el zumbido
agudo y sibilante de los motores.

Y ahora recostado,
sobre una arena dorada
observo indiferente ese avión
que surca esos cielos azulísimos
y que lleva a alguien que soy yo
pegado a una inútil ventanilla
que no lo deja ver más que una
miserable porción de espacio.

Y siento lástima
por ese tonto soñador
que aprieta su frente
contra el plexiglás
intentando sentir
lo que sólo le es dado imaginar.
Lo veo cruzar el cielo
y poco a poco desaparecer.

Y deja a su paso un rastro
un recuerdo sin duración...
una quimera amorfa
de algo que quiso ser
y que sin darse cuenta,
pegado a la ventanilla
vivió sólo un segundo
para luego desaparecer.

Carlos Alberto.

Sombras

Hay un planeta, cuyo nombre si lo tradujéramos a nuestro idioma sería algo parecido a BRUMA. Este planeta se encuentra en la parte más ancha del borde lenticular de nuestra galaxia y tiene la suerte de estar bañado por la celeste luz de dos soles. Los nombres de estos soles en nuestro idioma equivaldrían a Locura y Pasión. Estos dos astros están ubicados de tal suerte sobre los cielos de BRUMA que nunca hay sombras sobre su superficie. Sus habitantes por lo tanto no saben lo que es la noche pues cuando uno de sus soles se oculta en el horizonte, el otro comienza a emerger en el horizonte opuesto... Extraordinariamente este planeta no tiene ninguna clase de movimiento de traslación respecto a sus soles pues ellos lo atraen con igual fuerza dejándolo inmóvil justamente en su centro de masa estelar... sus habitantes no saben incluso lo que son las estaciones... nunca han conocido los rigores de un invierno o los calores sofocantes de un tórrido verano... los vaivenes climáticos se manifiestan sólo por los cambios de temperatura producidos por un lentísimo movimiento de rotación sobre su propio eje que permitió que la vida exista sobre su superficie. Cuando uno de los soles está en el cenit, el ambiente se calienta y cuando ambos están en el horizonte la tierra alcanza su menor temperatura. Estos cambios energéticos permiten el reciclaje de las aguas y el recambio de los gases de su atmósfera. Cuando Locura y Pasión están cerca de los horizontes, se produce un evento único, esperado con anhelo por todos los habitantes de BRUMA y especialmente por las parejas de enamorados por ser un instante de extrema belleza por el grandioso espectáculo que ofrecen Locura y Pasión al mezclar su calor y energía cósmica para generar gigantescas interferencias multicolores, encendiendo con inmensas llamadas ondulantes la ionizada atmósfera de BRUMA. Cuando finalmente uno de los soles se pierde detrás del horizonte, el cielo queda ionizado y emite luces fosforescentes... hasta que el otro se eleva muy alto sobre la tierra. El espectáculo es maravilloso y no deja a nadie impasible... es la hora en que se despiertan las atávicas necesidades biológicas de esos seres extraños y se entregan a la locura y a la pasión...Zulú ha vivido toda su existencia en BRUMA, desde que abrió sus ojos siempre vio la Luz, nunca se estremeció por el miedo a la oscuridad y no sabe lo que es el temor a lo desconocido... podríamos decir que la vida de Zulú es muy parecida a la vida de un ángel o de un serafín, siempre viviendo al calor de un fuego inmortal... no tiene idea de lo que una sombra ni lo que es estar cegado por las tinieblas...Sin embargo, muy dentro de su ser, Zulú, siente que hay cosas que no entiende, que están vedadas para su entendimiento, cosas que nunca podrá ver ni menos entender ... y se desespera tratando de entender del porqué de ese sentimiento que lo agobia cada mañana cuando Locura emerge en el oriente y Pasión se oculta en el poniente ... siente el miedo a lo desconocido ... está comenzando a tener miedo a las cosas simples de la vida.El día del apareamiento Zulú y Luly fueron los seres más felices de BRUMA, sus vidas cambiaron para siempre y fueron parte de la magia que ha regido por siempre la vida en este pequeño planeta ... pero ahora ... todo ha cambiado ...Luli ya no está y Zulú no entiende del porqué de este sentimiento de agobio, de pena, de tristeza, .... este sentimiento de incompletitud... Algo ha cambiado en su vida ... algo ha cambiado en su forma de pensar ... él se pregunta ¿qué hay más allá de ese cielo constantemente iluminado? y levanta su mirada para ver algo que parece un cielo raso de salón y que más que cielo es como un gran techo de un gran palacio... todo blanco y tapizado de nubes iridiscentes de mil colores ... y Zulú vive ahora su vida y su muerte temeroso, mirando ese cielo raso ... que no le deja ver la noche, esa parte de una existencia que nunca ha visto, pero que está empezando a sospechar ... no entiende lo que es una noche oscura y sombría ni se imagina las misteriosas y brillantes estrellas... esas estrellas que son como las almas de ángeles o monstruos de la eternidad y que están allí, en lo alto, esperando ocultas ... esperando ... esperando ... con su paciencia eterna ... a que se acabe la vida ... a que llegue la muerte.... la noche eterna ... la locura universal de la nada ... sólo pizcas de titilantes luces por aquí y por acá que nos dicen que nada es eterno, que sólo ellas son para siempre y que la vida es un simple destello entre dos infinitas eternidades ... que todo es efímero y fugaz ... pero Zulú vive en un mundo donde todo es luz ... donde todo es Paz y Tranquilidad ... Pero él ahora teme a los vampiros de la nada .. ahora, aunque no la conozca... teme a la oscuridad ... y aunque nunca la ha vivido ... ya sospecha que existe una Oscuridad Eterna ...que existen cosas que ahora él llama ... Sombras de la Noche ... y la locura de su imaginación ... Luz de la Eternas Estrellas... y ahora sabe más allá de toda razón lógica ... que ellas existen y que lo esperan...

Carlos Alberto

Sobre el amor

El Amor, es un sentimiento que cada ser experimenta de un modo tan personal, tan íntimo y tan especial que lo hace ser único y maravillosamente singular. No hay dos personas que experimenten el amor de igual manera pues ese sentimiento se nutre de manera irrepetible en su complejísima multiplicidad de todo un mundo de vivencias, sentimientos, sensaciones, caricias, sonrisas y lágrimas, momentos de exquisita intimidad como también momentos de angustiantes congojas y que van tejiendo una red de intricados sentimientos en dos seres que coincidieron en un preciso intervalo de tiempo y espacio... no hay dos seres que experimenten de igual manera esta exquisita multiplicidad infinita de emociones que nutrieron ese amor... podrán ser parecidos pero jamás iguales...

Carlos Alberto.

Precisamente Hoy

Hoy el pasado nuevamente te ha traído…
envuelta en esa aura de princesa,
y yo… allí… te observo,
y en la bruma del pasado
aún te pienso,
como siempre sumido en el silencio,
confundido…en la penumbra de un rincón…
¿Tú me has visto mi princesa…
quizás en un recuerdo olvidado
de tu joven corazón?

Hoy mi amor… cómo nunca…
hoy… precisamente hoy,
en este hoy que fue tan nuestro…
y el maldito calendario me dice
que es… precisamente nuestro Hoy…
Pero dime… por favor…
¿Estoy aún… en tus recuerdos?
¿quizás en algún sueño pequeñito
con alitas de gorrión?
¿En alguna hoja ya borrada
de tu tierno álbum del amor?
con mi nombre escrito en clave
dibujado… y en secreto
con esas fecha en rojo remarcadas
en tu agenda de mujer
Y que al mostrarlas se incendiaban
tus mejillas adoradas
con el carmín de tu rubor.
¿O ya no están cómo esas fantasías olvidadas
que en el pasado ya distante se gastaron?
y en nuestro álbum, perdón…
en Tu álbum.. se agotaron
y que en nuestras almas
por siempre ya murieron
con el tiempo,
con los dias que se se fueron.
Cuando las cosas que me pasan…
son amargas o simplemente tristes…
y no me hacen del todo bien…
me acompaña el eco susurrante de tu voz
y de nuevo me pierdo entre tus brazos,
me acurruco entre tus pechos
y añoro la esencia y la dulzura
de tus formas de mujer
y ya no pienso…perdona… no te olvido…
y me vuelven a arrullar esos suspiros
cuando sonriendo jugabas al amor
¿cómo no recordarte si nos dimos
todo lo que fuimos… aún el desamor?
Amor y cariño que al destino
por un momento tan escaso
le ganó,
y que al final de todos modos
el maldito destino… nos quitó…
Volverte a ver… mi alma… te recuerda…
hoy… en este día… que siempre fué de ti
en este dia en que tus suspiros me decian que…
no me olvidarías…
me enferma el rumor de aquellas ondas
y el susurro de la brisa
que escuchamos cuando…
deseábamos como niños hacernos el amor.
Si… aún te veo con los ojos del amante
con las ansias del loco que se ahoga,
del necio que no transa… pero en fin…
ya estás lejos… olvidada…
y el eco de tu risa y tus suspiros
sólo dejan una herida… pequeñita
que se cierra muy despacio…
cuando en noches como estas
te apareces… y me miras…
ya sin ver.

Carlos Alberto.

En la mañana

Abro los ojos y por un momento no sé que sucede... ah... son las 7:00 y tengo que levantarme, sin embargo me rehuso a mover las frazadas. Obedientemente el programado despertador del celular comienza a lanzar aullidos tras aullidos. Lo dejo que cumpla su función hasta que se agota y nuevamente el silencio me cierra compasivamente los párpados pero, haciendo un esfuerzo los vuelvo a abrir. La niebla matinal comienza a ceder paso a unos tímidos rayos de sol y mi ventana comienza a encenderse... de pronto todo se inunda de luz y sin darme cuenta estoy de pie y entrando a la ducha... nada... no pienso en nada... o sí ... quizás sí... pero sé que no sucederá y al darme cuenta de esa verdad una extraña mezcla de emociones altera el monótono batir de algo que tengo en el pecho... pero ya me estoy secando y he olvidado donde dejé mis anteojos... y los busco pensando en otra cosa... otra cosa que no me deja pensar claramente y que me produce un lejano y confuso malestar... pero no importa pues mi perro ya me ha visto coger las llaves y el celu y ha comenzado a ladrar para recordarme una vez más, como todas las mañanas, todo lo que me necesita. Comienzo a irritarme con los ladridos que me dejan medio sordo y los lentes que no los encuentro y ya son cerca de las ocho... en fin... Comienzo a focalizarme... tomo los libros y el cuaderno de clases y bajo al primer piso... hay una poza de orín donde no debía... vuelvo a mirar a mi yorki que me sigue ladrando imperturbable... cansado antes de empezar el día abro la puerta y salgo a la calle. Al llegar al estacionamiento aún lo sigo escuchando.

Carlos Alberto

Trenes

Y en el calidoscopio de su memoria se dibuja la negra silueta del tren, de aquel sin fin de vagones de ferrocarriles arrastrándose lentamente ligados a la silueta de la locomotora que sin conciencia del tiempo lo va llevando por la inmensidad de la pampa hacia un destino que aún no se lo imagina y es lo único que se mueve bajo aquel cielo poblado de estrellas y Oscar se ve nuevamente sentado en los escalones de un vagón, mal protegido del hielo que se cuela por las solapas de un vestón que ya le quedó chico para su estatura. Pareciera que mira ensimismado su propia sombra, movediza y saltarina proyectada por el foco externo del vagon sobre el salitroso suelo del desierto y que contrastastando con su inmovilidad no deja de moverse... ahora es muy pequeña y está muy cerca de él y un instante después se escurre y salta sobre una gran roca y luego al llegar a una planicie se alarga para luego volver, saltando de un lado a otro a estar estable por un momento, para luego escapar nuevamente y así hasta el infinito.
El tren jadea su negro esfuerzo, sumando uno a uno los incontables kilómetros de la vía y para Oscar no es sólo distancia, también es tiempo y soledad y más que nada soledad. Años más tarde Oscar se dirá a si mismo que toda su vida no ha sido más que una sucesión de viajes por aquel desierto frío y silencioso y cada vez más silencioso. Recuerda con nostalgia esos tiempos, cuando todavía era un soñador y esperaba todo de la vida y el tiempo transcurría entre el estudio y el ensueño de volver en el verano y no importaban los domingos ni festivos solitarios del invierno, cuando solo, en el gran hall del Internado, sentado frente a aquel gran ventanal, con Julio Verne o J.A. Cronin en las manos contemplaba la gran tormenta.
Lentamente, muy lentamente fueron transcurriendo aquellos años y el primer verano al fin llegó y Oscar tomó su vieja maleta de cartón, preparada con un mes de anticipación, repleta de toda esa ropa bonita que le habían dado en el Colegio y que nunca antes había tenido y tomó su primer tren al norte.
La veía casi todos los domingos, desde lejos, caminando por la Avenida Los Placeres, casi siempre sola. Mara la llamaban sus amigos... finita, de pelo corto. Un domingo cualquiera, la casualidad o el destino los llevó a ver la misma película y los sentó uno al lado del otro en esa gran Aula Magna... salieron tomados de la mano. Aquello fue seis meses antes de su primer verano. Mara era una dulce niña, solitaria y soñadora, un año menor que Oscar. Acostumbraban sentarse muy escondidos en una pequeña escalera que bajaba por la ladera del cerro Los Placeres y que terminaba abruptamente en una caída casi vertical. Era un lugar solitario y delicioso, cuando el viento soplaba bajo los estrellados cielos de Valparaíso, Mara temerosa y cálida se estrechaba dulcemente al cuerpo de Oscar. Aquello duró sólo seis meses, seis meses que transcurrieron entre besos y caricias escondidas, dos veces por semana. Cuando llegó el verano Oscar tomó su primer tren al norte y al volver, tres meses más tarde, ya no la encontró. La volvió a ver muchos años más tarde.
El hogar de Oscar fue su madre, pequeña y marchita, cansada de llorar por tanta desgracia. También fueron sus hermanas y su único hermano, pero nunca fue su padre, de quien Oscar se acuerda principalmente por su indiferencia. De su padre Oscar recuerda muy pocas cosas, pero hay una que recordará para siempre y fue un regalo que recibió de él... el único regalo que le hizo en toda su vida... sucedió cuando Oscar ya se había ido de casa a estudiar a una ciudad llamada Valparaíso, distante unos dos mil kilómetros de Antofagasta y era su primer verano y estaba de vacaciones de vuelta al hogar... sin embargo su padre ya no estaba en el hogar... él también se había ido a trabajar al interior ... a la pampa ... al desierto... Oscar quería verlo, después de un año, solitario y falta de cariño ansiaba ver a su padre y fue a verlo y tomó aquel tren fantasma, el tren de la pampa y llegó de noche, sucio y cansado. Le costó encontrarlo. Estuvo con él sólo una noche y como niño que aun era, explorando el lugar, la pieza donde lo había llevado su padre, encontró debajo de la cama una pistolita de juguete... una pistola muy vistosa y muy cara. Su padre lo miró por un momento y luego, casi con encono le dijo “te tenía eso guardado ... es un regalo” Años después Oscar supo que ese regalo no estaba destinado para él... sólo había sido un intruso en el momento y en lugar equivocado.
Trenes y destinos, una dualidad que para Oscar se alarga hasta el cansancio. De su primer viaje junto a su madre tiene recuerdos fragmentados, como pedazos de un viejo cuadro roto. Recuerda su llegada a Valparaíso y su deambular histérico por una ciudad ruidosa y recóndita. Recuerda a su madre pequeña y ensimismada, preocupada y confusa, tratando de hallar algo barato para llevar al norte a sus hermanos pequeños que quedaron solos en aquel cerro baldío y canalla donde vivían. Recuerda como un destello de luz de flash fotográfico que el último día ella compró dos botellitas pequeñas de menta y un paquetito de toallitas higiénicas de género para sus hermanitas. El aún no lo sabía, pero en aquel detalle su madre le dejó para siempre estampado en su corazón lo sublime del amor y la inconciencia de la pobreza.
Te quiero—le dijo ella—con sus ojitos llenos de lágrimas y un sollozo en el pecho. Oscar no la escuchó... sólo oía su propio interior y las murmuraciones de su amigos. Nunca vio la desesperación, nunca sintió el dolor de aquellas palabras ¿porqué me dejas sola? –si te quedas conmigo haré lo que quieras—No escuchó el sollozo escondido ni su mirar desgarrado, sólo quería volver al norte...
Los rieles interminables, trocha angosta, pero inacabable ...la fuerza férrea del carbón arrastrando cien mil toneladas de fierro por un desierto infinito colmado de calor y soledad. Nostalgia... sólo vagones helados, oscuros y ruidosos. Sólo vagones inclementemente fríos. Aterida por el maldito vientecillo helado que se cuela por las rendijas de la puerta que siempre está mal cerrada.
Estela sólo mira y contempla la pampa infinita... tiene ojitos color celeste y un respirar suavecito que hace juego con el vaivén del vagón y de su cigarrillo, a veces mal prendido. Oscar la conoció en su segundo viaje de regreso a Valparaíso. Sentados, uno frente al otro estuvieron todo un día callados y mirándose de reojo. Cuando llegó la noche hablaron. Ella le ofreció un cigarrillo y después de un tiempo se tomaron tímidamente de la mano y las mantuvieron juntas por debajo de la pequeña frazada que la protegía del frío de la pampa. Ella se iba al sur, ya no soportaba la vida del desierto. Perdió todo en aquellas calicheras del infierno, sus fuerzas y sus esperanzas quedaron dispersas en la pequeña plazoleta a la que iba los domingos a cobijarse bajo los añosos pimientos y a escuchar la banda del pueblo. Sus esperanzas de progreso se agotaron en la pulpería, en aquel mesón de compra y ventas y en aquellas malditas fichas de bakelita que sólo alcanzaban para sobrevivir. Su corazón quedó enterrado en las abiertas zanjas de salitre y sus pedazos fueron esparcidos junto a los restos de la cabeza de su hermano cuando este mordió el extremo equivocado del fulminante... El segundo día se sentaron en los escalones del vagón y fumaron hasta el cansancio mirando absortos el monótono paisaje del desierto. A veces reían y el lento esfuerzo del carbón agitando la locomotora los invitaba a bajar y caminar sin prisa al lado de la jadeante hilera de vagones. La noche romántica y las canciones de una joven Cecilia con su playa a media noche los atrapó en un encanto de amor metafísico, frío y soledad ... ¿porqué fumas tanto? ... Me quita el frío y el hambre.

Carlos Alberto

Mariposa frágil

Te amo con la angustia
de sentir que no hay destino
observando como luchan en tu rostro
la pena, una sonrisa, el rimel y el carmín.

Esa pena, que oscurece tus mejillas
Ese llanto que ilumina tus pupilas
no lo sé... quisiera yo ahuyentarlos
más lo sé... no puedo ya evitarlo.

Te miro desde lejos
frágil... menuda mariposa
perdida en esa parka roja
con tu bolso a punto de volar

Quizás también tu te angustiaste
y por un segundo quisiste perdonar
Pero dejaste bloqueada las salidas
Para nunca tener que retornar.

Carlos Alberto

Adios

¿Y qué si me dejas solo?
siempre he vivido solo, aislado
no requiero... ni quiero
tu sentimental condescendencia
te puedes ir ...ya tienes tus maletas...
no te detengas cuando susurre...
¡quédate!
no me hagas caso
si mis ojos brillan al mirarte
no te detengas cuando en silencio diga...
¡no te vayas!
te puedes ir... yo no lloraré
nunca he llorado ...
no sé lo que es llorar
te puedes ir...
aquí me voy a quedar indiferente
y nunca te diré ...
amor ¡cómo me duele!
ni tampoco ... yo te amo.

Carlos Alberto

Al abrir los ojos

Cómo cada mañana al abrir los ojos
te miro, pero sólo de soslayo,
como si fuera culpable
de tus sueños rotos
de tu tristeza,
de tus lágrimas...

Entonces me levanto muy despacio
tratando de no hacer ruido
esclavo del ritmo de tu respirar.

Algunas veces te giras y te quejas
suavemente...
Entonces quisiera acercarme
despertarte dulcemente y decirte...
Pero ya no hay palabras,
se han gastado con el tiempo
las angustias y las mentiras.

A veces te despiertas
lo noto en tu respirar
pero no me miras
y finges que aún
estás durmiendo...

Carlos Alberto

Luces y Estrellas

Si, ya sé que llegué tarde a tu lecho,
y que otro pecho te sirve de almohada
que no tengo derecho a soñarte,
pues sólo lastiman mi ansias de amarte.

Yo viví tan ausente de donde naciste,
de donde creciste y tu belleza luciste
no vi tu mirada que ansiosa buscaba
con quien compartir tu calor de mujer

y me gasté, sin prisa, poco a poco los días,
buscando en las noches la luz de tu estrella,
esperando acaso que algún día comprendas
leyendo mis versos que escribo en silencio
que mi alma te sueña, te ansía y te espera.

Carlos Alberto

Mi descanso

Amor ayer me has fijamente mirado,
Y me has regalado tu más tierna sonrisa,
Que ha esbozado muy leve tu húmeda boca
Esa boca tan roja que a mi cuerpo provoca.

Y he sentido el calor de tu cálido aliento
Que ha dejado en mi ser el deseo sediento
De pasarme la vida calmando en tu cuerpo
Esas ansias que ahora ya son un tormento.

Mujer, tú en mis sueños eres mi dama,
Eres la hembra que comparte mi cama,
Eres la amada que admiro y que adoro,
Aquella que sueña mi cuerpo y mi alma.

Quiero mis manos acariciando tu espalda
recorriendo tu cuerpo, quemando tu piel
Quiero mi boca en tus colinas rosadas
y de tu vientre libando su dulcísima miel.

Te miro y me aferro a tus pechos,
Los junto y suavemente te quejas.
Me derramo extasiado en tu cuerpo
y a mi abrazada en un sueño te alejas.

Recorro tu espacio en silencio,
la dulce locura ya calma sus ansias
ya mi sueño acompaña tus sueños
y la vida en tu surco descansa.

Carlos Alberto

Un amor olvidado

Si tu sólo supieras lo que es tratar de olvidarte...
desecharte en mi pasado, de seguir sin ti
a mi lado,
de fingirte mi alegría, de mirarte sin poder
amarte,
si al pensarte me muero simplemente
por besarte.
Carlos Alberto

Sombras

Si, hay sombras tenebrosas
que vienen y te acosan como
ratas hambrientas del pasado
que te miran de cada esquina,
escondidas, silenciosas...
Me dan miedo y no las miro
pero ellas son pacientes
y esperan mi derrota
Abro los ojos y las veo
sinuosas, oscuras, deformadas
me miran con rabia contenida
y yo siento que me odian
que no quieren que me mueva
que no hable, y ni siquiera
que suspire o parpadee...
Miro al suelo y allí las veo
me persiguen y no quieren
que las vea... allí botadas
arrastradas y humilladas...
¿Porqué será que tengo miedo
de esas sombras que me observan
que se esconden, que me siguen
y que con endemoniada calma
se agazapan silenciosas
en las penumbras de mi alma?

Carlos Alberto

El regalo

Cuando tenía veinte años usaba un gran mostacho cuyos extremos eran tan largos como alas de una gaviota. El estilo de andar por la vida con mostachos los usé hasta que me casé. Durante el noviazgo ella no puso reparos a esa continuación pilífera de mi cara, pero una vez casados se puso seria y exigió que me lo cortara, así que tuve que reemplazar la incomodidad de andar, a veces, con restos de comida colgando de esos pelos por la incomodidad de afeitarme todos los días. Bueno, continúo afeitándome todos los días, hasta el día de hoy. Así a lo largo de mi vida he usado un sinfín de artefactos para afeitarme, desde carísimas máquinas electrónicas de última generación con rodillos multidireccionales que al mismo tiempo que te afeitan te acarician la cara como con manito de monja y luego se limpian solitas como si fueran pequeños robotitos, hasta esas humildes maquinitas desechables de una hoja y que por flojera o por ahorrar, las volvemos a usar... una, dos, tres y más veces... dependiendo de cuan duro se te ha puesto el cuero de la cara o de cuanto te cueste adquirir otra. En mi caso las uso a lo más dos veces... a la tercera vez la hoja ya no sirve para nada excepto para rasparte la cara y dejártela más colorada que payaso de circo.Un día andaba husmeando tranquilamente en uno de esos grandes drugstores donde se vende desde un parche curita hasta telescopios astronómicos, buscaba lo último en máquinas de afeitar electrónicas cuando de pronto se me acercó una mujer de unos cuarenta y cinco años de edad vestida humildemente, tenia en su mano una de esas maquinitas azules de una simple hoja, que son desechables y que valen menos de la mitad de los que gastan algunos en la compra de un paquete de cigarrillos de mala clase. Era evidente que quería decirme algo. Pareció titubear un momento, pero decidiéndose me mostró la maquinita y me preguntó si esa máquina se podía usar sólo con jabón y luego sin esperar mi respuesta me dijo que quería hacerle un regalo a su esposo pues iban a cumplir veinticinco años de matrimonio. La sinceridad de esos ojitos brillantes era evidente y por unos momentos no supe que contestar, luego tartamudeando un poco le contesté que efectivamente se podía usar con jabón. Ella me dio las gracias y muy feliz se acercó al vendedor y le pidió que le envolviera la maquinita en papel de regalo. Al salir me regaló esa dulce mirada de la mujer sencilla y humilde... pero digna.

Carlos Alberto

Una noche de amor

Ya es día, se fue la noche,
sólo queda el sabor,
de dulces besos,
de mil palabras,
de su calor,
su voz cantarina me tuvo atado
sin compasión,
llegó a mi alma dulce y profunda
como su amor.

Carlos Alberto.

Otra historia ridícula

No sé si en todas las ciudades existen esos bellos faroles antiguos que dan encanto y al mismo tiempo un modesto servicio luminoso. Se yerguen confiados y silenciosos a lo largo de las calles y en los días soleados incluso sirven para esquivar un poco al cara ‘e gallo, como popularmente se le llama al astro sol en algunas partes de mi tierra. La calle donde vivo esta adornada cada veinte metros por estos hermosos faroles, todos pintados de verde y con una gran lámpara de vidrio en su extremo superior, mi perro yorki los encuentra también fascinante y cuando paseamos por ella no deja ninguno sin darle su carta de presentación. La verdad es que son bonitos, le dan un toque de romanticismo y un pequeño servicio práctico a nuestras nocturnas calles. Me recuerdo una vez que viajaba en uno de esos buses de la locomoción colectiva que como en todas las ciudades, o se desplazan como tortugas o por el contrario el chofer se cree piloto de carreras y me encontraba por llegar a mi destino. No me recuerdo muy bien si iba apurado por la lentitud del cacharro o simplemente iba embobado mirando a mi compañera de colegio de esos entonces, la cuestión es por alguna razón no avisé que el próximo paradero era el que me correspondía y me bajé del móvil artefacto al estilo llamado “sobrecorriendo”... probablemente para demostrar mi destreza atlética a la vista de mi amiga linda que me miraba con esos grandes y hermosos ojos negros y claro. La forma de bajarse sobrecorriendo requiere toda una técnica que se va aprendiendo con la práctica... uno se reclina ligeramente contra la puerta mirando cuidadosamente la calle, calcula con precisión milimétrica la velocidad que el loco del volante le está dando al tarro en que estás viajando y luego te lanzas a la vereda con el cuerpo un poco inclinado hacia atrás y con las piernas en posición de tijeras, de modo que cuando hagas contacto con el suelo con una de ellas la otra esté lista para continuar con una pequeña carrera paralela al movimiento del bus... todo lo llevé a cabo con soberana precisión y gallardía, excepto que mis ojos no se despegaban de esos ojos soñadores de mi compañerita que todavía me persiguen en las noches de insomnio y reminiscencias já ... y bueno, lo siguiente que recuerdo es que estaba abrazado a uno de estos faroles que había tenido la amabilidad de detenerme en mi pequeña carrera junto a la micro. Já, desde ese día me encanta pasear junto a ellos con mi yorki, porque él se encarga de darles su húmedo aprecio.

Carlos Alberto

Sólo en mis sueños

¿Será tal vez influjo de oculta luna,
o serán las artes de mi hechizera
lo que a mi sueño así lo altera?

Mis ansias sueñan con sus caderas
desdibujadas por luz selena,
con su cintura...
su piel tan suave
su vientre leve,
y su alma en pena.

Carlos Alberto.

Ella camina bajo la lluvia

Por adoquines mal ajustados
en el silencio de medianoche
ella camina... camina altiva,
luce serena, pero una mano
lleva apretada junto a su seno

Ella camina sola en la noche
su taconeo preciso y firme
hace pensar que nada teme
pero el miedo tensa su cuerpo
en ese mundo ya sin amor.

Ella lo sabe... vive el futuro
Amar es delito, besar ilegal
Todo contacto es denegado
El amor ya se ha muerto...
no lo tolera el computador.

Ella lo sabe y ya no le importa
elige amar y morir después...
porque eterna ahora es la vida
ahora que el s e x o es ilegal.

Carlos Alberto

Madre

Madre mia,
manantial de besos y regaños,
ya estoy lejos...
hay caminos transitados...

Fueron años de sueños...
algunos imposibles,
otros reprimidos,
muchos olvidados...

Día a día sentía como tu ausencia
me dolía,
y en mi bolso oscuro de dolor
tan sólo había
uno sordo y rencoroso al cual
yo más temía.

Porque entiendo madre mía
que al tenerme no sabías
el dolor que este hijo
un día causaría.

Carlos Alberto

Dos historias ridículas

El columpio

Cuando chicoco me construyeron un columpio... o sea un cordel deshilachado doblado en dos y colgando de un madero cruzado en el techo de la casa de calaminas en donde sobrevivíamos. Una tarde llegaron dos chiquillas, como de 15 años--yo tenía 10 jejeje--y comenzaron a columpiarse. El columpio que desde ese día lo bauticé como culompio iba pa' lla y venía pa'ca primero con la Irma y al rato con la Ingrid y yo muy calladito me fui ubicando cada vez más cerquita del culompio jejeje. Las polleras de mis amiguitas volaban y llegaban a levantarme... con la brisa los pelos de la cabeza jajaja; todo iba requete bien hasta que al cordel se le ocurrió cortarse y plafffff, la Ingrid cayó justo encima de mi cabeza jejeje.

El calcetín intrépido

Bueno no se si soy flojo, apresurado o simplemente un atarantado y despistado, pero les voy a contar un cuento. Un día muy enamorado, arregladito, compuestito y perfumadito salí a pasear con la linda Mariel jejeje. Ibamos modositos y yo suspirando y susurrándole al oído palabras de amor y dándomelas de gran soñador, bueno soñaba con ella jejejeje. Pero bueno ibamos caminando despacito cuando ella, también despacito me dijo "amorcito, ¿que tienes en el pantalón?" Yo seguí su mirada que iba y veía de mi cara a la basta de mi pantalón donde asomaba el comienzo de un largo calcetín que se iba escurriendo como un gusano a medida que yo caminaba. No dije nada y seguí caminando mientras el calcetín---que se había quedado la noche anterior dentro de las mangas del pantalón y que yo por flojera no había tirado a la ropa sucia---hacía su triunfal aparición jejeje. Lo peor fué cuando terminó de salir el maldito calcetín colorado y se quedó ahi... estirado en esa elegante acera. Otras parejas comenzaron a mirarme y a mirar sorprendidos al maldito calcetín que se quedó allí totalmente estirado y apuntándome como si fuera un endiablado gusano acusador. Yo rojo como tomate sólo atiné a seguir caminando y la Mariel comenzó a reir y reir y reir y reir (leáse 1000 veces) jejejeje... hummm


Carlos Alberto

La mujer perfecta

Yo no sé como es la mujer perfecta,
sólo puedo decir que mi mujer perfecta
llegó desde las brumas de mi infancia
triste pasajera en un tren lleno de humo,
cansada, macilenta un poco acongojada
y en su rostro una sonrisa por mi adivinada,

No tenía busto pretencioso,
caderas remarcadas
ni pantorrillas muy torneadas,
pero ciertamente
además de pena ella insinuaba
dulzura en su mirada.

La vislumbro desde siempre,
desde que solo y aterido en un vagón
cansado, hambriento y amargado
viajaba silencioso y obstinado
en busca de un destino que alguien
un día puso en mi camino.

Y fue un día y dos noches que vivimos
y nos dimos el mejor de los cariños
yo catorce ella quien sabe los años que tenía
con su eterno pitillo mal prendido
que de la noche a intervalos me enseñaba
la tersura de sus pechos y el azul de su mirada

Ella fue mi amor perfecto
y con su cariño
dejé desde ese día
de ser un niño.

Carlos Alberto

Un cuento pequeño

Cariño mío no te quiero ver triste,
Podrás estar ausente, pero así, sonriente
Yo recreo mi vida soñándote alegre
Graciosa, sin penas, feliz y... risueña.

Carita de luna, me llenas de embrujo,
Suspiro pensando que tengo tu amor,
A veces te siento que estas a mi lado,
Me besas y entonces se va este dolor.

Ya vendrá ese día en que este suspiro,
Que a veces rebelde se cuela en tu alcoba
Retorne en silencio trayendo tu aroma
A este cuento pequeño de niño dormido
De luces, penumbras, suspiros y sombras.

Carlos Alberto

El duelo

Scar fijamente mira a Cras,
adivina el dolor en su mirada,
y su vida como secuencia
de instantáneas fotos.

Ve dos caminos entrecruzados,
dos brazos a dagas conectados,
y luego un sinfín de malas tomas,
por la luz mezquina borroneadas.

Es de noche, la luna ya se ha ido,
sólo se oye del frío acero el aullido
y en el suelo un hombre mal herido

que aún cree que por ella es querido

Scar se arrodilla,
sólo hay tristeza en su mirada,
tiende su mano,
y sus dedos rozan una mejilla.

Cras ya está ausente,
de amables afectos, desdenes

y mortales heridas,
sólo en su alma él imagina,
que es aún ella

quien así todavía lo mima,

y para ella es va un recuerdo

el que muy lentamente,
al final se termina.

Scar se arrodilla, cierra sus ojos
y al comprender de repente
que su alma ya ha muerto
en silencio lanza un sollozo.

Carlos Alberto

Mi dulce amor

Vivía yo la vida tan ausente de ti
hasta el día en que realmente te vi
nos miramos y sin saber el porqué
un dulce beso de tus rojos labios robé.

Ahora mi boca se incendia en tu boca
apartas tus trémulas manos, te entregas
y suspirando con fuerza me dejas
que abra muy suave tu bata de seda.

bajo mis torpes y ardientes caricias
mi boca y mis manos descubren tu piel
recorro tu cuerpo de carne vibrante
me anclo en tus tibios pechos en flor

acaricio tus mundos de bellezas sin fin
aprieto tus henchidas y duras colinas
palpitante penetro en tu galaxia de amor
que pulsa gozando mi espasmo, mi ardor.

ya no puedo dejar de amarte
mis manos son garfios
recorren pesadas tus flancos.

me aturdo y mi perpetua simiente
busca sembrarse en tu vientre inocente

me aferro a tu pecho,
una mano en tu espalda
ya no hay retirada y mi savia
delirante, convulsa y ardiente
estalla gozosa en tu vientre.

ya mi cuerpo agotado descansa
a mi lado con dulzura me abrazas
me abandono sin prisa a tu sueño
y a esa vida que acuna ahora tu seno.

Carlos Alberto (Camy)

La mujer eterna

La vi por primera vez a la salida de una estación del metro de Chicago, nuestras miradas se cruzaron, parecía una diosa griega y yo, un simple estudiante de pregrado no pude sustraerme a su embrujo, no puedo decir que fue un amor a primera vista, pero la intensidad de su mirada me impresionó. Nunca voy a saber porqué tuve que seguirla. Su caminar era elegante y pausado pero grácil, parecía deslizarse en el aire, su figura era preciosa, usaba un traje de estilo ligeramente oriental y parecía tener todo el tiempo del mundo. Con el corazón galopando en mis oídos me aproximé a ella. Quería hablarle, no dejarla ir... me sentí como en un sueño y no quería despertar. Se detuvo en un kiosco de diarios y yo me apresuré a ubicarme a su lado. Solicitó un diario y de pronto me volvió a mirar. Me perdí en el vórtice profundo de sus hermosísimos y melancólicos ojos negros y sentí una oscura e increíble angustia por ser ajeno a su vida. Ella debió haber percibido algo pues por un momento se quedó mirándome gravemente y luego, sin decir una palabra me sonrío dulcemente y se alejó como si no tuviese prisa. Su imagen quedó grabado en mi mente como nunca en mi vida... no era un simple recuerdo, desde ese día ella vivía en mi memoria.Nuestro segundo y último encuentro se produjo hace un mes. Me encontré con ella justamente a la salida de de un pequeño restorán de tapas en Barcelona. Esta vez fue ella la que se aproximó y me dijo... “necesito conversar”. La verdad es que la sorpresa fue tan grande que sólo atiné a mirarla y seguirla como hipnotizado. Caminamos por una gran avenida que terminó abruptamente frente al mar. Nos sentamos y estuvimos en silencio hasta que ella se acurrucó a mi lado y con una voz quebrada por la emoción me dijo--¡cómo quisiera morir!—no supe que responder... todavía no salía de mi sorpresa... como la primera vez, sólo atiné a mirarla como se mira una aparición portentosa. No sólo era la extraordinaria circunstancia de hallarme ahí, sentado junto a ella, junto a mi diosa griega, sino que, después de treinta años de haberla visto por primera vez... ella luce exactamente igual a la imagen de mis recuerdos... En cierto momento muy quedo dijo: “si, soy inmortal” y luego, como para ella misma... “he vivido tanto, tanto... ya no quiero seguir acumulando recuerdos, no quiero... pero no puedo... estoy condenada a seguir acumulando vivencias, recuerdos, memorias... es tan triste, tan triste y... tan injusto ser castigada por no olvidar...” Recuerdo haberle preguntado, un poco extrañado, de qué se trataba—pues no comprendí sus palabras—pero como antes sólo sonrió tristemente. La noche de ese día extraordinario fue la más bella de mi vida y la más terrible. Fuimos a mi departamento e hicimos el amor toda la noche, navegué en su níveo y sudoroso cuerpo con las ansias y el frenesí de años de nostalgias y reminiscencias. Nuestros únicos testigos fueron las estrellas y una lejana luna casi perdida en el horizonte. Nunca olvidaré su aroma y sus suaves quejidos cada vez que mi pasión estallaba en su arqueado cuerpo... fue una noche de amor, locura y pasión desenfrenada... lo último que recuerdo fue que cerré los ojos abrazado a ella como un naufrago a un salvavidas y con mi rostro descansando en sus dulces y tibios pechos. Cuando desperté se había ido... sólo dejó una viejísima Biblia que he escondido en lo más oscuro de mi bodega pues me da miedo leer lo que temo encontrar entre sus páginas... porque la pregunta que ahora me acosa día y noche es... ¿quién podría ser esa portentosa mujer que vive en la eternidad de los tiempos castigada por recordar, castigada por no querer dejar atrás sus más caras vivencias? Temo llegar un día a saber la respuesta.

Carlos Alberto

Fantasmas de la mente

Corro tras un pequeño cacharro en forma de camión hecho de alambres y de latas de sardinas, anchoas, jurel tipo atún o lo que haya sido... no tiene importancia... sigo a otros peques de mi edad, tengo siete años y sólo sé jugar... Pareciera que no hay adultos en este pueblo del desierto, podemos ir a cualquier lugar, a los vertederos de ripio, a las bateas de decantación, a las canchas de salitre donde cuidadosamente se lo almacena en sacos, a las chancadoras e incluso a lugares como el sombrío cementerio, la misteriosa casa de fuerza o la prohibida fábrica de pólvora. Escucho historias de fantasmas y ahora me están contado la historia del pampino que murió al salir volando por sentarse sobre una roca que tapaba un tiro de dinamita. Ahora se lo ve por las noches oscuras y silenciosas, noches como la de ahora, noches sin luz de luna, iluminadas sólo por las eternas estrellas, deambulando cansado y triste y preguntando con voz cavernosa si podrá algún día descansar. El chico me mira con ojos encandilados y sus pequeñas manos tiemblan al sostener su pobre autito de juguete, entonces ya cansado de contar historias me levanto y me retiro a mi tumba a descansar.

Carlos Alberto

La llamada

"La mamá quiere hablarte" dijo Alicia mirándo a su padre con expresión divertida. Cuando Oscar recibió el teléfono de manos de su hija tuvo una fugaz visión de peces muertos flotando en una laguna. "Feliz año nuevo"—dijo la voz junto a su oído—y Oscar se preguntó si se referiría a este escandaloso primer momento de este 1o. de enero o realmente le estaba deseando tener un feliz año, hummm, con toda seguridad ni lo uno ni lo otro... probablemente una frase retórica, sin un real significado ¿porqué lo habría llamado? Contestó de modo maquinal y se preparó para terminar la llamada y volver a la fiesta que se estaba iniciando... pero no recibió respuesta inmediata a su--“Gracias... y tu también, felices fiestas”-- Con una sensación de un ligero vacío en la boca del estómago volvió a pegar el auricular a su oreja, pero sólo escuchó la estática de la llamada internacional... “Aló” dijo y lo repitió un par de veces con una voz que repentinamente encontró difícil de articular... el silencio se prolongó un par de segundos más y enseguida ella dijo—te echo de menos, y pienso en ti—y luego Oscar escuchó un ahogado quejido. Levantó la mirada y miró a Betty que a su vez lo miraba desde el otro lado de la habitación ofreciéndole como siempre una cariñosa sonrisa. “Si, ya sé que estás con ella” dijo la voz al otro extremo de auricular, Oscar continuó callado, no sabía que decir... ¿cuánto tiempo hacía que se había ido de su vida? ¿cuántas botellas de vodka y wisky había despachado desde entonces? ¿cuántas cajas de sertralina? ¿cuántas noches sin dormir? y ahora... ¿se habría marchado realmente de su vida? Volvió a sentirla como esa tibia noche de septiembre, justamente esa noche que se negó a comprar la famosa inyección y ambos estaban eufóricos. La imagina como entonces con su pelo negro azabache, largo hasta la cintura esparcido y arremolinado alrededor de sus dulces pechos y aún siente el abrigo de sus blancas y generosas piernas, sudorosas y resbaladizas enroscadas en las suyas e iluminadas sólo por la luna... y siente sus labios pletóricos, rojísimos y henchidos de deseo ... un mareo lo hizo cerrar los ojos y logró humedecer lo suficientemente su boca para decir muy bajito “¿cómo estás?” Creyó sentir como se elevaba su pecho al escucharla aspirar con dificultad y se la imaginó toda... como siempre que pensaba en ella. La respuesta llegó perturbada por crepitaciones y distorsionada por la estática de la línea telefónica: “... hoy.. dejado... llorar... tu... navidad... quisiera... odio... recuerdo... quiero... nunca... solo... ahora?” y luego un silencio como si la línea hubiese muerto o Mariel se hubiese quedado dormida. Pero Oscar sabe que ella está esperando una respuesta a esa pregunta que él no entendió, pero cuyo significada, más allá de las palabras, él oscuramente intuye, pero ahora ya recuerda los brillantes ojos del doctor López dándole las buenas noticias y terminando con esas palabras que nunca olvidará: “aja... y ya debe tener tres meses... hummm esperemos que sea mujercita...” y Oscar recuerda que su primer impulso fue decir...”perdone doctor... pero no pueden ser tres meses” ... pero guardó silencio y cuando la habitación comenzó lentamente a girar tuvo que inclinarse y apoyar las manos en el escritorio del doctor y al girar la cabeza ve a Mariel que lo mira de soslayo y cuando el doctor le pregunta si le pasa algo no sabe si decirle que es un inepto o ponerse a llorar. Cuando va a contestar siente la presencia de Betty a su espalda y se deja abrazar por ella. Las manos de Betty acarician suavemente su estómago y su pecho. Entonces Oscar, con un brusco movimiento cuelga de golpe el teléfono en la horquilla, enseguida se da media vuelta y aturdido por el estrépito de los fuegos artificiales que iluminan toda la bahía abraza a Betty y se deja embriagar con el licor rojísimo de sus labios.

Carlos Alberto

La Creación

El Ser primitivo despertó, eones tras eones habian trascurrido desde su último ciclo de conciencia y ahora había despertado, se internó, emitiendo ondas de bajísima frecuencia hacia lo más profundo de esa porción de universo y se observó a sí mismo... no vio equilibrios, no sintió armonías, no percibió belleza... Vio sólo CAOS, Caos, caos, masa informe y misteriosa de ondas y materia existiendo sin motivo ni destino y a la deriva en un cosmos infinito. Pulsaciones de angustia lo sacudieron y su universo dejó de expandirse. Instantáneamente el calor lo estremeció. Se sintió solo y recordó su nombre: RL.CAOS. No era un nombre... sólo representaba lo que era... Caos. Entonces su angustiada esencia se expandió buscando otras conciencias. No sabía lo que buscaba... No sabía lo que era buscar... sólo era capaz de percibir... y entonces... la vio... era la perfección exquisita que regía la danza angelical de las estrellas. Era la ley de interacción universal que de la Luz hizo materia, era la belleza organizada que regia la armonía deliciosa de las formas, era el equilibrio, la perfección,... era la Belleza.

Una nueva conciencia convulsionó su universo y Caos comprendió que estaba cambiando inexorablemente. El impenetrable tejido de la irrealidad se rasgó y Caos entró deslumbrado a una nueva y cegadora realidad. Ella, al sentir su presencia abrió todas sus maravillosas dimensiones de espacio, calor, energía y tiempo. Su etérea belleza comenzó a recorrer su inmenso universo transformándolo todo. Con ternura rozó sus extremos infinitos, acarició sus mundos estrellados, hizo girar su universo entero y al final concentró, en su insondable núcleo, lo más grandioso de su luz, pasión y fuego. Caos ya no fue más caos, donde antes imperaba el frío, la apatía y las tinieblas ahora sólo existia la Armonía, la Dulzura y la Belleza. Un profundo suspiro estelar sacudió ese nuevo universo como una inmensa onda conciente de polvo de estrellas y en ese nuevo tiempo y en ese nuevo universo comenzó a pulsar el corazón de un nuevo Génesis... un nuevo Comienzo, entre tu y yo.

Carlos Alberto

¡Es Extraño!

Un día... quizás ayer y al despertar
Tú en mi lecho no te encontrabas,
¡Qué cosa extraña, pues sí que tu estabas!
Desnuda, hermosa mi linda mujer amada.

Ya era tarde, entraba el sol por la ventana
Y yo te miraba como dormías ahí acostada
¡qué cosa extraña ya que te dije que tu no estabas!
Pero tendida ahí y como diosa... yo te miraba.

Aún más raro porque de pronto te despertaste
Y ví tus ojos con tus pestañas de mariposa
que sonrieron y en mi sueño ¿o en mi desvelo?
escuché en silencio que me decías: amor, te quiero.

Y sentí tus labios que con mil besos se me ofrecieron
no fue la noche, ni el vino tinto ni la fortuna
las que lograron que a mí llegaras y que me amaras
iluminados por la cálida luz de una nueva luna.

Carlos Alberto

Renata

El día había sido sólo de ajetreos, había cajas por doquier, aquí una llena de libros, más allá una repleta de videos y por acá otra conteniendo las primorosas muñequitas de Renata. Habían estado ordenando el traslado todo el santo día. Mañana traerían el gran camión que los llevaría de Arica a la capital y debían tener todo embalado para la mañana del siguiente día. Sólo quedaban sin embalar las camas, el televisor y uno que otro artefacto que todavía era necesario para pasar la noche. A Renata le habían encargado guardar todos sus juguetes en esa gran caja y ya casi había completado su tarea y ahora se dedicaba a correr entre las pilas de objetos que esperaban ser asegurados con cordeles y guardados en esas grandes cajas de cartón. Martín siguió empacando con gran cuidado todo su material de experimentación. Había llegado ese momento y se encontraba nervioso. Iría a trabajar a la capital, a esa gran empresa transnacional y no se encontraba seguro de si mismo. Se volvió a preguntar nuevamente si estaría haciendo lo correcto. Bueno, ya no tenía remedio porque ya había renunciado a su empleo y había firmado su nuevo contrato. Tomó con gran cuidado una docena de tubos de ensayos para ubicarlos dentro de una caja de cartón. En ese momento Renata tropezó y cayó encima de Martín haciéndolo perder el equilibrio y que dejara caer los pequeños frasquitos al suelo, en donde se rompieron en mil pedazos. Una irracional furia se apoderó de Martín y sin darse cuenta y con la cara congestionada por la rabia se dirigió a Renata: ¡estúpida chiquilla! ¿¡cómo se te ocurre andar corriendo cómo los animales!? Diciendo esto Martín la levantó en vilo y con un violento empujón la lanzó lejos de su lado. La pequeña Renata quedó pálida, su pequeño corazón se detuvo por un instante y enseguida y sin lanzar ni un sólo quejido, de sus ojitos comenzaron a brotar lágrimas, una tras otra y se quedó allí, hasta donde el empujón de su padre la había lanzado, quieta, paralizada. Casi como en una continuación a su gesto irracional, Martín sintió una oleada de ternura y arrepentimiento por su torpe acción. Por un instante no supo que hacer, luego se acercó y abrazándola, la apretó fuertemente contra su pecho. Renata siguió paralizada y de pronto comenzó a sollozar. Martín llenó de besos su carita mojada, pero era imposible, Renata no cesaba de llorar, era el suyo un llanto incontenible, una pena como Martín nunca había visto sentir.
Martín permaneció arrodillado abrazando a su hija hasta que los sollozos de la pequeña dieron paso a una profunda languidez. Él sabia y siempre había sentido que para su hija él era su mundo y su razón de ser… y ella no lo era menos para él, junto a su madre eran los dos únicos seres en su vida que aún conjugaban en su corazón el verbo amar. Por un largo rato Martín la mantuvo abrazada junto a su pecho maldiciéndose por dentro por su estúpida reacción. Después tomándola de la mano y alisando con torpes dedos los húmedos cabellos de su hija, le dijo muy bajito y susurrándole al oído, que le tenía un pequeño regalo. Renata, levantó su carita llena de pena y lo miró, como el sediento de amor mira en la noche la luz de las estrellas. Martín, con el corazón aún apretujado por el resultado de su violenta e irracional acción buscó en el bolsillo de su chaqueta esa pequeña linternita de luz anaranjada, que él usaba para iluminar sus experimentos y que, él sabía que su hija siempre había querido tener pero nunca se había atrevido a pedir. Renata, al ver la linternita lo miró con ternura y devoción y secándose las lágrimas, cómo sólo los niños saben hacerlo y como en un ensueño la tomó y aún sacudida por pequeños restos de sollozos la encendió. Volvió a mirar a su padre con tanto amor que Martín sintió de pronto un sordo dolor en las cuencas de sus ojos, pero Renata olvidada ya de su pena corrió a mostrarle su pequeño tesoro a su querida abuelita. Un instante después llegó su madre con Renata de la mano, ella sabía que esa linterna de luz polarizada era una apreciada herramienta de Martín. Sosteniendo a Renata de una mano y alargándole la linterna con la otra le dijo a Martín—hijo, ¿qué pasa con Renata? parece que estuvo llorando y... ten más cuidado con tus cosas Renata encontró tu linterna y la puede romper. Pero luego, mirando con más detención a su hijo, le dijo--- ¿qué pasa hijo?... ¿estás enfermo? Tienes los ojos rojos...

Empezaba a oscurecer y los astros de la tarde a hacer su trabajo de equilibrar las tinieblas de la noche con la claridad del día produciendo a esa hora nona una fantasmal penumbra de tranquilidad. La casa de Renata ya estaba en silencio y la niña, de nuevo con su flamante juguete comenzó los preparativos para irse a la cama. Martín apoyado en el marco de una ventana mira al cielo y se pregunta si Maria lo estará mirando desde alguna estrella con reproche. La abuela Milagros, sentada y pensativa tiene la mirada fija en la figura de Martín. Todavía le parece ver a María sentada junto a su hijo, mirándolo con esa ternura que la hacía tan única y que había conquistado su corazón y el de su hijo, y a él aferrado a su cintura, extasiado como ahora con las brillantes estrellas.

Llega finalmente la hora de los sueños y Renata en su camita, junta sus manitas y recita en voz baja sus oraciones al Señor “Señor del universo, permite que mañana vuelva la vida a comenzar, protege a mi abuelita, dale fuerza a mi papito y llévale a mi madre en el cielo un gran besito” Martín, como todas las noches, la escucha en silencio y en silencio luego la arropa y posa en su frente el eterno beso de buenas noches.

Renata esperó hasta que la casa quedó en silencio y luego se incorporó y en la oscuridad buscó ese block de hojas multicolores que usaba para escribir y que al pié de cada página, tenían impresas, en bellas letras de imprenta, pensamientos de su madre. Esas hojas eran un tesoro para Renata, un recuerdo de su madre, un regalo que había recibido para la última navidad que pasaron junto a ella. Con gran sigilo Renata toma su block, una estilográfica y su linterna y busca en la fría noche de invierno donde poder escribir. Renata escribe su carta, iluminada por el pequeño haz de luz de su linternita… después de un largo rato, el cansancio la doblega y se queda profundamente dormida. Renata sueña, abre sus ojos y ve a su madre que le sonríe… corre a sus brazos y son nuevamente los besos y las caricias de sus recuerdos… es su madre la que la abraza, la que se separa de ella y la mira con adoración. El cielo se ve azul… están sentadas como antaño, en el jardín de su casa, ahora todo cubierto de nieve y en el aire flota el vapor de sus alientos. Renata aparta un copo de nieve que ha caído sobre el cabello de su madre. No hay palabras, sólo caricias, besos y ese querer quedarse, abandonarse para siempre en los brazos de su madre...

Hay gritos en la casa… una loca carrera al hospital… Renata fue encontrada congelada dentro de un frío refrigerador… hay una tensa, una angustiosa espera… Martín no sabe que hacer… siente ganas de gritar, de llorar,… pero se queda ahí, en esa fría sala de espera del hospital, estático y sólo atina a esperar…El doctor se acerca a Martín, lo mira profundamente a los ojos y le dice “es un verdadero milagro, pero creo que estará bien” y le entrega un papel rosado y le dice: “estaba entre las ropitas de la niña”. Martín ya no se puede contener y las lágrimas brotan una tras otra, abraza al médico y musita muy despacio las gracias al Señor. Después de un largo rato toma el papel y lee: “Querido papito, perdona que sea tan tonta, desordenada y que te rompe las cosas… quisiera irme con mi mamá para que no tengas que preocuparte por mí y para que estés contento y puedas trabajar tranquilo y reír y cantar como antes lo hacías… te quiero mucho papito… tu ranita renata”... Allí finalizaba la cartita de Renata, pero a continuación se leía: “Eres el mejor presente que por siempre le dí a tu padre”. Martín reconoce la escritura y en su corazón sabe que María le ha devuelto a su hija.

Carlos Alberto.